Sobre el auge de las experiencias gastronómicas
Reflexiones sobre espacios inmersivos, escenografías instagrameables y la necesidad de conectar para desconectar.
¿Por qué se habla tanto ahora de las experiencias?
Antes salías a comer fuera y vivías la experiencia a un nivel normal. Ahora, en un mundo cada vez más digital donde nos relacionamos con otras personas y con las cosas a través de máquinas e inteligencia artificial, buscamos con ansia vivir esa experiencia real y viva.
Y así es como los restaurantes, bares o cafeterías se han convertido en “destinos experienciales”.
Piensa en la proliferación de eventos como los supper clubs, donde se trabaja con la experiencia para representar un discurso. Los espacios gastronómicos son mucho más que meros lugares para alimentarse y socializar. Se han transformado en escenarios donde pasa algo más.
Esto también se ve, por ejemplo, en la creciente moda de los listening bars, un concepto japonés de bar donde la gente va específicamente a escuchar un tipo de música. En los últimos meses en Madrid han abierto ya varios basados en ese concepto. Vas allí no solo por un cocktail, sino por la experiencia de escuchar y apreciar la música en comunidad.
Altavoces integrados en la pared y buena acústica. Dos claves para montarte un listening bar. Aquí Casa Musica de Neutrale que abrió a comienzos de este año.
Antes salías a comer fuera y vivías la experiencia a un nivel normal. Ahora, en un mundo cada vez más digital donde nos relacionamos con otras personas y con las cosas a través de máquinas e inteligencia artificial, buscamos con ansia vivir esa experiencia real y viva.
Y así es como los restaurantes, bares o cafeterías se han convertido en “destinos experienciales”.
Piensa en la proliferación de eventos como los supper clubs, donde se trabaja con la experiencia para representar un discurso. Los espacios gastronómicos son mucho más que meros lugares para alimentarse y socializar. Se han transformado en escenarios donde pasa algo más.
Esto también se ve, por ejemplo, en la creciente moda de los listening bars, un concepto japonés de bar donde la gente va específicamente a escuchar un tipo de música. En los últimos meses en Madrid han abierto ya varios basados en ese concepto. Vas allí no solo por un cocktail, sino por la experiencia de escuchar y apreciar la música en comunidad.
Aunque, si lo pienso bien, esto de las experiencias tampoco es nada nuevo. Apareció hace ya años en el mundo del retail. Mira a Apple con sus tiendas, donde no se enfocan en venderte su producto, sino en que lo cojas, lo sientas, lo pruebes. Lo último que he visto en el mundo del retail gastronómico es Meadow Lane en Nueva York: un supermercado de alta gama que pretende vender experiencias culinarias y donde la gente hace cola para entrar. Como si fuera un club nocturno, pero de día y con aguacates.
Imagen robada a Meadow Lane. En este supermercado puedes hacer la compra entre arreglos florales. Cuidado no te lleves una flor del decorado pensando que es un brócoli.
Pero en la hostelería –algo más tarde que en retail– las experiencias van más allá y se vuelven completamente inmersivas. Se diseñan espacios que cuentan historias con narrativa propia. A través de estas, se forjan conexiones con los comensales que trascienden lo puramente gastronómico.
En un mundo cada vez más digital, los diseñadores estamos explorando maneras de invitar a los clientes a vivir el espacio en persona. De atraer a las audiencias más allá de lo tradicional. Por ejemplo, LAP Coffee, la empresa que ha causado revuelo en Alemania por tener un café bueno, rápido y barato, ofrece descuentos a los clientes si traen su propio vaso o taza para servirles el café en ellas. Digan lo que digan, es una forma de involucrar a la gente en la experiencia de tu marca. De hacerles partícipes, no solo consumidores.
Imagen robada a Meadow Lane. En este supermercado puedes hacer la compra entre arreglos florales. Cuidado no te lleves una flor del decorado pensando que es un brócoli.
Pero en la hostelería –algo más tarde que en retail– las experiencias van más allá y se vuelven completamente inmersivas. Se diseñan espacios que cuentan historias con narrativa propia. A través de estas, se forjan conexiones con los comensales que trascienden lo puramente gastronómico.
En un mundo cada vez más digital, los diseñadores estamos explorando maneras de invitar a los clientes a vivir el espacio en persona. De atraer a las audiencias más allá de lo tradicional. Por ejemplo, LAP Coffee, la empresa que ha causado revuelo en Alemania por tener un café bueno, rápido y barato, ofrece descuentos a los clientes si traen su propio vaso o taza para servirles el café en ellas. Digan lo que digan, es una forma de involucrar a la gente en la experiencia de tu marca. De hacerles partícipes, no solo consumidores.
Ahora se busca el storytelling, tener una atmósfera y crear una conexión emocional.
La gente quiere vivir y sentir algo genuino.
Pero me pregunto: ¿con todo esto estamos creando experiencias auténticas o simplemente escenografías instagrameables? ¿Son estos fachadas diseñadas para ser vistas por el exterior más que para ser habitadas? ¿Una decorado que visitar, hacer unas fotos y nunca volver? ¿Es realmente posible fidelizar clientes con una experiencia? Porque al final, ese es uno de los grandes objetivos del sector hostelero.
El sueño de los propietarios de un local (y añado, el sueño de los diseñadores que lo proyectan) va más allá de que los comensales se olviden de sus teléfonos un rato. Queremos crear espacios totalmente inmersivos donde la iluminación te envuelve, el sonido te transporta, cada textura te cuenta algo y el servicio te lleva a otro lugar.
Entonces mi última reflexión es: ¿estamos diseñando experiencias o estamos diseñando refugios de nuestra realidad? ¿Son estos espacios una especie de píldora roja que nos desconecta temporalmente de nuestra Matrix digital o una forma de recuperar algo que perdimos sin darnos cuenta?
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